
"Las Navidades son fiestas basadas en el reencuentro y los recuerdos, así que si falta alguien a la mesa o el pasado trae fantasmas, el turrón se vuelve agrio". Estas palabras tienen más o menos un año y, sin embargo, la sonrisa circunspecta del paso del tiempo las coloca en el candelero de la Navidad que se avecina. Por primera vez en 30 años, me falta alguien. Alguien que, en cierto modo, ya no estaba; alguien a quien el amargo vaivén del destino había despojado de los recuerdos, pero que escuchaba desde la habitación del fondo. Y ahora ya no hay vuelta de hoja. Por eso me aferro a lo bueno y mantengo punto por punto lo que dije hace un año. Ése será el mejor homenaje. Bienvenido sea -por fin- el frío. Ahora toca disfrutar de la sonrisa de tomar un avión y llegar a casa; de mis padres, mis abuelos y toda mi familia; de mis amigos de Medina, de Palma y de Dios sabe dónde; de la buena comida y la mejor bebida; de la ilusión en forma de bolita numerada; de la orden de alejamiento con mi ordenador... y de mi Grace, con quien este año tomaré las uvas más especiales de mi vida.
Vale
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