Entre bastante trabajo y mucho trabajo, también tengo tiempo para estar desconcertado. Desconcertado porque me decepciona ver cómo el gobierno de ZP está tirando a mazazos varias de las vigas que han sostenido históricamente la política exterior española, desde el Sáhara hasta Palestina. Desconcertado de que las empresas sean capaces de regatear derechos día sí y día también, y de que incluso se erijan en Salomones que determinan desde fuera qué cuestión personal es más importante. Desconcertado por el baile de tumbos y paripés que ofrece Copenhague. Desconcertado de que pueda pasear en manga corta a mediados de diciembre y hasta el gorro de no necesitar un ídem. Desconcertado porque todavía no sé qué plantea el Ejecutivo para reflotar la economía de verdad, la que marcan quienes sí se sostienen cada mes. Desconcertado porque me repelen los motivos que intuyo han empujado a El País a mandar a Enric González de corresponsal a Jerusalén. Desconcertado porque películas como "El baile de la victoria" puedan aspirar a premios (de hecho me sorprende que le pueda gustar a alguien).
Y animado. Animado porque están cerca las Navidades, que serán muy diferentes y a la vez iguales. Porque se está gestando algo maravilloso y sólo quedan siete meses. Porque el Pucela levanta cabeza. Porque mañana voy a cenar de nuevo a Santi Taura. Y porque siempre hay motivos para animarse. Incluso cuando la manta palentina del trabajo cubre casi todas las horas. Incluso cuando se está desconcertado.
Vale.
jueves 10 de diciembre de 2009
Desconcierto
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