Anoche fui al cine a ver Ágora. Mi Grace tenía unas invitaciones para la sala VIP y decidimos sentirnos especiales. Bar exclusivo a la entrada, posición privilegiada, asientos más espaciosos, etc. Pero no es oro todo lo que reluce y a las primeras de cambio me di cuenta de que la sala VIP no es más que una sala de cine en pequeño, con alguna ventaja más, pero con muchas de sus desventajas. Había tres parejas más. Sólo se salvaba el ex futbolista Miquel Soler (con quien estuve charlando antes de entrar a la sala) y su mujer; el resto, era para echarles de comer aparte. El tipo que tenía más próximo se dedicó toda la película a comer como un puerco y frotarse con su novia. Y en la otra pareja, sentada delante de ellos, alguien roncaba estentóreamente. Una excelente coyuntura para disfrutar de una película. El problema es que no es nueva, sino más bien frecuente, especialmente cuando es una película de gusto mayoritario. Sin ir más lejos, recientemente sufrimos durante Malditos bastardos numerosos comentarios de ínfimo nivel y, además, en alto. Será que me vuelto un clasista o intolerante del cine, pero cada vez me cuesta más acercarme a la sala para ver según qué películas y según a qué horas. Desde hace tiempo prefiero las sesiones de madrugada o si me apuras de primera hora de la tarde, y dejar que los estrenos se desgasten en la cartelera para encontrarme lo más solo posible en la sala.
Vale.
miércoles 14 de octubre de 2009
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