sábado 3 de octubre de 2009

Hoy más que nunca, el Ebro guarda silencio

Estas cosas se piensan ahora, pero no miento cuando digo que esta mañana algo dentro de mí me decía que nunca volvería a ver a mi abuela. Hace apenas un par de horas el presagio se ha hecho realidad de tal manera que simplemente he tenido la certeza de que desgraciadamente había acertado. Ni siquiera ha habido sorpresa o sobresalto. Supongo que ayuda notablemente la súbita decandencia que le arrebató la cabeza y dejó al corazón combatiendo en solitario. Aun así, es una sensación tremendamente rara saber que cuando vuelva a entrar en su habitación ya no estará postrada en la cama aguardando unas palabras de cariño para seguir rabiando contra un destino hecho realidad. Mi abuela ya no está, pero es que hace tiempo que, en cierta medida, no era mi abuela. No es una cuestión física, es la cabeza, la maldita cabeza que nos hace lo que somos y lo que hemos sido. Y cuando se nos va, lo que queda es solamente el previo del polvo en el que nos convertiremos. Por eso mi abuela ya no estaba desde hace tiempo, pero se queda conmigo en decenas de recuerdos que durarán lo que dure mi cabeza. Cada vez que descoloque los flecos de una alfombra, cada vez que escuche una canción mexicana, cada vez que coma croquetas de bacalao, cada vez que baile... Ellos sí que se van a quedar para siempre.

Aurora, hoy más que nunca, el Ebro guarda silencio.

2 comentarios:

Agustín Rivera dijo...

Precioso post, Roberto.
Mi abuela (creo que esto nunca lo hemos hablado) también se llama Aurora. Y sé que su fin podría estar muy cerca.

Roberto dijo...

Muchas gracias, Agustín. Mira por donde, hay algo más que nos une.
Un abrazo.

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