Estimados y queridos vecinos de
Esguevillas,
Hace diez años, os contaba cómo me
quedé helado cuando mi padre me llamó por teléfono una noche para decirme que
fuera preparando el pregón para las fiestas de Esguevillas. Una década después,
la noticia llegó de boca de mi madre, pero la sensación fue la misma. ¿Qué hago
yo dando un pregón… otra vez? Ha pasado mucho tiempo y han pasado muchas cosas.
La mayoría son buenas noticias. Cambié Madrid por Palma de Mallorca, abandoné
mi mocedad y uní mi camino a la persona más maravillosa que conocieron los
tiempos. Pero también las hubo malas porque hoy, aquí y ahora, tengo que mirar
hacia el cielo para acodarme de seres queridos que antes de tenía a escasos
kilómetros por carretera. Hace diez años era un chaval que no tenía ni idea de
nada, saludando a un político que inauguraba una obra en la plaza. Y ahora soy
un adulto, a punto de cumplir la edad de Cristo, que ha aprendido muchas cosas
pero sigue sin tener ni idea de nada.
Al menos esta vez, como os decía,
la noticia llegó a través del genuino enganche con Esguevillas, mi madre. A
ella le debo el contacto inicial con este pueblo que siempre ha sido mío sin
serlo porque así me lo habéis hecho sentir todos vosotros. Por eso, antes de
nada, quería agradeceros todo el cariño que habéis regalado, no sólo a mí, sino
especialmente a los míos. A mi madre, porque sé que carga las pilas cada vez que el coche enfila la carretera del Valle.
A mi padre, que pasea su bigote como Pedro por su casa. También Mayte, mi
mujer, que desde el primer momento descubrió que es una más en este pueblo. Y cómo
no, a mis abuelos, Atanasio y Aurora, que certificaron que, al igual que los
bilbaínos, los de Esguevillas nacen donde quieren.
Aprovechándome este cariño
recibido, me gustaría pediros un favor. A todos, pero sobre todo a los más
jóvenes. Mantened vivo este pueblo. Dad la oportunidad a otros de contar lo
mismo que yo dentro de diez, veinte y cien años. Sería la mejor noticia para
todos. Adaptaos a los cambios y a las nuevas situaciones, pero no perdáis la
esencia ni dejéis que la llama se apague. El pueblo en sí no existe, le dan
vida y sentido quienes viven en él, quienes lo sienten, quienes arriman el
hombro por su presente y por su futuro porque están unidos por un pasado en
común. Por eso, aprovechándome de vuestra confianza, quiero pediros que, como
en una melé de rugby, empujéis todos al unísono; cada uno con su función, pero
percutiendo como un bloque.
Dicho esto, vuelvo mi mirada hacia
el pasado. Quizá las circunstancias inciten la melancolía pero sinceramente, no
me apetece aferrarme a la saudade. Reírme con el pasado para sonreírle al
futuro. Ésa es la idea. Aunque a veces cueste. O incluso duela. Porque ahora sé
que nunca probaré las ratas de agua del Esgueva o que nunca probaré leche frita
como aquélla. Mis abuelos ya no están y el agujero que dejan es profundo, pero
afortunadamente me quedan los recuerdos. Y sí, soy selectivo, porque me quedo
sólo con los buenos. Permitidme abusar otra vez de vuestra confianza y daros un
consejo: haced lo mismo. Con estos tiempos, una de las pocas cosas que no nos
pueden quitar o cobrar es el disfrute de nuestros recuerdos. Y yo, repito, me
quedo con los buenos. Hace diez años os enumeré muchas de esas anécdotas y
sensaciones del pasado. Hoy dejadme que no dé nombres. Vosotros ya sabéis a
quiénes tengo en la cabeza.
Decía mi admirado Miguel Delibes
que, una novela es un hombre, un paisaje y una pasión. Pues bien. En mi modesto
relato el paisaje es éste y mi pasión sois vosotros.